Calle de las Flores

Quizás la imagen más repetida de Córdoba sea la Calle de las Flores. Pero no sólo se trata de  una hermosa calle, sino de un perfecto ejemplo de la arquitectura medieval , donde además podemos disfrutar de otro de los grandes atractivos de Córdoba.

Los patios a veces parecen salir a la calle. Como que su espacio se hubiera quedado pequeño, comienzan por situarse en forma de macetas a las puertas de las casas, en sus fachadas, para ir colocándose en la calle, y tomar incluso algunas plazas.

La calle de las Flores desemboca en una pequeña plaza con varios aspectos propios de un patio. Suelo empedrado, plantas aromáticas, una fuente, macetas en las paredes, e incluso alguna reliquia arqueológica. El campanario de la Catedral, de Hernán Ruiz, asoma al final de la calle, convirtiéndola en una de las imágenes más captadas de toda la ciudad.

El trazado medieval árabe de la ciudad vieja se hace patente en este “azucaque”. Remodelado en la década de los 50, por Antonio Cruz-Conde, siguiendo el proyecto de su hermano, el también alcalde Alfonso Cruz-Conde. El incremento del Turismo anima a estos dos alcaldes de la ciudad a embellecer ciertos partes de la ciudad, a fin de atraerlo. Se añaden entonces los dos arquillos que adornan la calle, y la fuente de la plaza. El arquitecto de la obra, Víctor Escribano Ucelay, sustituye el pavimento anterior, por los cantos rodados propios de un un patio, y añade losas de granito, que contornean el lugar. El blanco de la pared y el verde de las plantas dan el color.

Tres capiteles se exponen en esta calle que pudieran pasar desapercibidos, a pesar de tratarse de un capitel de época romana, sobre la columna que forma parte de la fuente, uno de época califal, que nos indica el inicio de la calle, y un tercero a la espalda de quien está tomando la foto del campanario de la catedral.

Para encontrar el máximo encanto de este rincón es necesario verlo cuando el Turismo le da un respiro. Y este en el mes de Mayo, solo puede suceder o muy temprano, o muy tarde.

Cuando ni siquiera se oye el fluir del agua, una virtud del patio se ha perdido. Y en esta plaza el continuo fluir de los turistas por tan angosta calle y recogida plaza, no solo la priva de la intimidad que gozaba antaño, sino que también ha desplazado a sus vecinos, cuyas casas son ahora lugar de souvenirs.

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